Anoche...
Anoche, como me ocurre muchas veces mientras trato de conciliar el sueño, pensaba en el propósito que ha tenido lo que pasado en Haití, y aunque encontrarle respuesta a eso en medio del todo caos y el dolor es casi un irrespeto u osadía de aquellos que estamos en nuestra comodidad… varios pensamientos me consolaban a nivel muy personal…
Siempre me han molestado los prejuicios y el maltrato social que le damos a los haitianos, ya sea de manera explicita o implícita. Por alguna razón, creemos que ellos son menos importantes que nosotros los dominicanos, que no merecen una educación o casarse con una chica dominicana, o tener un buen trabajo. Se les ha acusado de ofrecer culto al diablo –cuando se nos olvida que solo interpretamos una cultura, una identidad religiosa que a ellos les hace feliz- y de oler mal –cuando nos olvidamos que si nosotros estuviésemos trabajando en el tetero de sol construyendo un edificio, vendiendo skim ice y viviendo en un batey con las limitaciones de agua y otros básicos, también oliéramos mal –el negro detrás de la oreja lo tenemos todos. Incluso en este tiempo se les acusa de saquear un almacén de comida, ni siquiera entendemos la magnitud de estar en medio de un desastre, sin agua, sin comida, sin sanitarios, casi sin esperanza.
No quiero sonar como que justifico ninguna acción, no soy una experta en el tema migratorio haitiano, y se que es complejo. Sin embargo, si creo que el respeto a la dignidad e integridad de las personas debe estar por encima de los conflictos entre países, las limitaciones estructurales de estos, su pasado, presente y futuro.
Si alguien me preguntase, que de bueno puede tener esta experiencia, yo diría –quizás prematuramente- que nos ha recordado que al final todos y todas estamos en una misma isla, y que ellos no son solo haitianos, sino hermanos y hermanas de la isla –un vocabulario fantasma antes de la tragedia. Porque sabemos que esto nos pudo pasar a nosotros. Unas coordenadas al este, y hoy no sabemos si esa madre que despedimos antes de ir al trabajo, la hubiésemos vuelto a ver o si estuviéramos con vida, si hoy la desesperación y el pánico estuviera inundando la más íntima célula de nuestro organismos, en búsqueda de seres queridos, mi hijo/a, mi padre/mi madre, mis amigos/as…. qué sería del pueblo dominicano….
Porque muchas personas antes de juzgar o maltratar un haitiano, reconsiderarán. Porque quizás nos llevará a redefinir nuestras acciones y percepciones hacia un pueblo que por décadas ha emigrado para mantener a sus familias-como lo hacemos nosotros en abnegación solo por amor a los nuestros-, ya que su país las oportunidades se encuentran atadas a los cementerios…. La condición tercermundista y las inequidades de nuestro país han servido para racionalizar el mal vecino o posponer nuestra participación en el cambio. Es cierto que no tenemos los recursos para resolver los problemas de los haitianos, responder a sus necesidades en gran magnitud, pero no hablo de eso, hablo de nuestras actitudes que se encuentran permeadas por el nivel de melanina en su piel, por un acento y la condición que les atañe…
Ha sido alentador ver a la gente preguntar: ¿y qué yo puedo hacer? Llamar y escribir a las instituciones, para ver como aportar. No esperaba menos de mi gente, que es cálida y hospitalaria, pero confieso que mis expectativas no estaban claras con respecto a la respuesta hacia Haití. Obviamente esto no ha sido solo por parte de los dominicanos, sino que se han unido raíces de muchas naciones que viven en RD para apoyar.
No sé si permanecerá, ni lo que sucederá, pero me alienta creer que las personas seguiremos cambiando... Reitero mi más profundo dolor por cada persona, familia, comunidad, institución y grupo afectado.
